Un burro muy largo que crecía y crecía

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Cuando yo era chica, en la comunidad no se hacían fiestas, así que nos íbamos adonde sabíamos que habría un baile. Nos juntábamos varias muchachas y un grupo de morros, siempre salíamos como unos quince.Un burro muy largo

Una de esas veces en que regresábamos de una comunidad cercana, veníamos enojadas con los muchachos, porque éstos no nos esperaban, iban adelante caminando solos.

—¡Camínenle rápido o aquí las dejamos! —nos dijeron y se adelantaron.

Iban rezongando que estaban cansados y se turnaban para subirse a papuchi, uno encima de otro.

Luego de un rato, uno de los morros que se encuentra un animal perdido.

—¡Miren… un burro! —les dijo.

—¡No salimos de ningún apuro! Ojalá cupiéramos todos —le contestó uno.

—Por eso no hay problema, nos iremos turnando y así todos descansaremos aunque sea poquito.

Todos querían subirse, discutían que si primero uno, luego otro…

Total que el burro se echó a caminar muy rápido.

—Ya sé —dijo uno de los muchachos— los primeros que alcancen al animal serán quienes lo monten.

Así lo hicieron, corrieron tras el burro y conforme llegaban se trepaban al animal, fueron brincando hasta que todos estuvieron trepados.

El que subió al último miró que ya iban como doce muchachos y todavía había lugar para más.

—¡Este burro está muy largo! —gritó asustado.

Los demás voltearon a verse y se encontraron montados en un burro muy largo, que crecía y crecía. Del miedo que les entró pegaron un brinco y en ese momento el burro desapareció.

Desde entonces, seguimos yendo a los bailes, pero ya no regresamos a pie, buscamos quien nos dé raite.

Un casino endiablado, el casino del diablo

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Hoy vamos a leer el cuento del casino del diablo, pongan mucha atención:

El casino del diablo

En lo alto de un cerro de la ciudad de Hermosillo, se pueden ver las ruinas de lo que fuera un gran casino, el mejor lugar El casino del diablopara bailar y festejar desde un cumpleaños hasta la alegría de la vida.

Durante el día, el sol del desierto hace que las ruinas se vean tristes, como un lugar donde no vive nadie. Pero con la noche, las paredes cobran vida, tanto que si alguien se acercara, podría escuchar voces, música y ruidos de gran baile. Aunque en realidad nadie se atrevería.

¡Abre bien los ojos!, ahora sabrás el porqué…

Antes de que el casino se volviera ruinas, era el sitio preferido de los jóvenes, pues allí se hacían bailes donde los muchachos podían encontrar a la mujer de sus sueños y las muchachas conseguir un buen morro.

Un 31 de diciembre se iba a dar un gran baile de fin de año, así que todas las muchachas no hallaban la hora para tener el vestido para la fiesta.

Entre todas las jóvenes había una bella muchacha llamada Linda, tenía 16 años y bien podría presumir que hacía honor a su nombre. Pues bien, el día del baile, Linda arregló lo que se iba a poner y se tardó horas frente al espejo peinándose. Cuando ya estaba lista, fue a avisarle a su mamá, quien estaba en cama, enferma de unos dolores.

—Mamá —le dijo— me voy al baile.

—¡No mi hijita! ¿Cuándo me pediste permiso?

—Pero mamá…

—¡Nada! No te dejo ir porque me siento muy mal de verdad. Además hoy es noche de Año Nuevo y tienes que pasarla con tu familia.

Pero en ese momento pudo más la fiesta que los regaños de la mamá, así que Linda se salió a escondidas:

—¡ Al fin que no necesito de su consentimiento para divertirme! —se dijo.

Cuando la muchacha llegó al casino, todos voltearon a verla, era la joven más hermosa de la noche. Le llovieron proposiciones para bailar, pero Linda no aceptó.

Entre los asistentes se encontraba un guapo muchacho, de cabello muy negro y ojos enormes, vestido elegantemente. Nadie lo conocía, así que todos se preguntaban quién sería ese yori.

Mucha fue la sorpresa de Linda, cuando el guapo desconocido se le plantó enfrente invitándola a bailar. La muchacha quedó como hechizada, se dejó llevar hasta el centro de la pista, ahí bailaron y bailaron en medio de las miradas de los demás.

Linda empezó a sentir mucho calor y de pronto mucho ardor en la espalda, sentía que algo la quemaba, temerosa volteó a ver qué era y se encontró el brazo y la mano del yori marcados en su vestido, como cuando marcan a los becerros. Su vestido estaba quemado y el aire olía a azufre. Volteó hacia abajo y vio con horror que el guapo muchacho, en vez de pies, tenía una pata de gallo y otra de caballo. Linda se desmayó, no supo más de sí.

Por todos lados empezó a surgir fuego, y los jóvenes asistentes tuvieron que escapar del lugar como pudieron. El casino ardió hasta que sólo quedaron las paredes que hoy en día todavía se observan.

Del guapo extraño no se volvió a saber y de Linda, unos dicen que murió, otros que anda perdida por algún lugar, pero la mayoría asegura que está con el diablo.

Cuento de una bruja, la tia María

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una brujaEn Magdalena de Kino, un pueblo del norte de Sonora, vivía Teresa, una niña empeñada en ser amiga de toda la gente. Con niños, abuelos, señoras, con quien fuera hacía plática, menos con la Tía María, una vieja yaqui que vivía en las afueras y de la cual se rumoraba era bruja.

Pero Teresa, además de amigable era terca.
—¿Cómo no va a ser? —se decía— esa señora será mi amiga.

Así, la niña decidió visitar a la mujer. Un día llegó hasta la puerta de su casa y comenzó a gritar:
—¡Tía María! ¡Tía María!

Nadie contestó. Todo estaba en silencio hasta que muy lentamente se fue abriendo la puerta y apareció una mujer vieja y flaca.
—¿Qué quieres, muchacha?
—Quiero que seas mi amiga —dijo Teresa.
—¿De veras? Bueno, mañana voy a tu casa. Iré a eso de las ocho.

Me gustan las coyotas con café, no se te olvide.

La vieja cerró la puerta y Teresa no pudo decir más.

Al otro día, la niña preparó el café, puso las coyotas en una servilleta y esperó a que le dieran las ocho. Pero llegó la hora y nada, la niña miraba hacia un lado, miraba hacia otro pero no veía a nadie.

De pronto divisó un enorme perro negro que se iba aproximando. Teresa no hizo aprecio de él hasta que lo tuvo en frente y vio que tenía los ojos enrojecidos. ¡Horrible que se veía el animal!

Tanto fue el susto de la niña, que agarró el palo que estaba más cerca y empezó a apalear al perro, le pegaba pero el animal parecía no sentir, hasta que le dio en una canilla logró que saliera huyendo.

Al día siguiente, Teresa volvió a casa de la Tía María.
—¿Por qué no me fuiste a visitar? —le preguntó.
—Es que tengo todo el cuerpo adolorido y más una canilla que me lastimé ayer —contestó la vieja con una risita macabra.

En ese momento la niña no supo qué hacer, salió corriendo de allí.

Desde entonces decidió hablarle sólo a quien la saludara, a nadie más.